La vida está llena de sorpresas. Todo cambia, nada es estático. Quizás ese puesto de trabajo, esa pareja o ese amigo/a te ha decepcionado. Tus sueños se han desvanecido y debes afrontar una situación difícil. Has dado lo mejor de ti. Seguramente te has esforzado mucho para conseguir que todo sea perfecto, o al menos, estable. Pero se ha derrumbado el castillo de arena que con tanta ilusión comenzaste a construir.

 

Dicen que hay que dar lo mejor de uno mismo para obtener lo mejor de los demás y de las situaciones y no pensar en ningún momento que se ha llegado a la meta en la que conformarse y acomodarse. El equilibrio no consiste en detenerse en un punto, sino en la oscilación continua. Si te paras mientas caminas por la cuerda floja, te caerás. En cambio, si te conviertes en un equilibrista, te sentirás mejor contigo mismo y los demás.

 

Vivir significar estar continuamente expuesto a los posibles cambios.

 

Oscar Wilde decía que “ninguna teoría de la vida le parecería importante comparada con la vida misma…”. La vida hay que vivirla, experimentar, caerse, levantarse y sobre todo, no rendirse.

 

No tendremos la certeza, viviremos inmersos en misterios, dudas y preguntas. Sin embargo, la vida cotidiana te desvelará todos esos misterios que necesitas para convertirte en un/a equilibrista. Por tanto, recuerda que nuestra realidad se construye y si sufrimos, tenemos la capacidad de cambiar esa realidad por otra que nos de mayor serenidad. Todo depende del punto de vista. Dicen que para creer en la posibilidad de ser felices, primero hay que tocar el fondo de la desilusión. Cualquier situación por horrorosa que sea y por las que estés sufriendo, tiene un fin. De repente, darás un paso, construirás una nueva realidad y todo habrá cambiado y sobre todo mejorado.

 

No hay noche, por larga que sea, que no encuentre el día. W. Shakespeare